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A propósito de Domingo Valencia

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Recientemente se ha publicado por Roberto Domínguez un libro sobre el veterano militante comunista Domingo Valencia. El libro lleva un prologuillo mío que, más allá de sus escasos méritos, ha suscitado cierto interés más por amistad de los interesados conmigo que por otra cosa. Como quiera que mi torpeza informática me impide enviar ese prólogo, he decidido, después de leer lo publicado por Roberto, escribir estas líneas que son una ampliación y/o matización de las publicadas.

Recientemente se ha publicado por Roberto Domínguez un libro sobre el veterano militante comunista Domingo Valencia. El libro lleva un prologuillo mío que, más allá de sus escasos méritos, ha suscitado cierto interés más por amistad de los interesados conmigo que por otra cosa. Como quiera que mi torpeza informática me impide enviar ese prólogo, he decidido, después de leer lo publicado por Roberto, escribir estas líneas que son una ampliación y/o matización de las publicadas.

Vaya por delante que la vida de Domingo es excepcional. No porque haya construido pirámides ni puentes ni contribuido a la literatura y demás artes de Canarias. Sino porque es una vida de ejemplo de militancia y lucha continuada desde antes de la sublevación de Franco hasta nuestros días. No pudieron con él ni las torturas ni la cárcel. Se mantuvo y se mantiene en su postura de militante comunista a favor de los de abajo, trabajando siempre en beneficio de sus vecinos, compañeros de trabajo y partido. El que alguien asuma que ser comunista es algo más que el figurar en listas electorales o en cargos públicos y que cuando ser comunista significaba la prisión y la tortura siguiera siéndolo es excepcional, sobre todo si miramos atrás y vemos cuantos han cambiado de bando, subiendo a empujones al carro de los vencedores. Y no hablamos solo de los vende partidos actuales sino que también lo hacemos de aquellos que explotaron sus años de penal para medrar en la sociedad canaria y presentarse como demócratas de toda la vida. La honestidad de Domingo le obliga a nombrarlos cuando se le pregunta por ellos. Así quedan retratados personajes como el siempre magnificado Pildaín o el que fuera alcalde por traición Juan Rodríguez Doreste (algunos no olvidamos la traición a la UPC).

Y sigue siendo excepcional cuando uno lee que Valencia, al salir de la cárcel, después de escapar de la condena a muerte, organiza en su barrio una especie de Socorro Rojo, recabando dinero y medicina entre los vecinos para los más necesitados. Si cerramos los ojos y evocamos los cerros pelados unos y cubiertos de tomateros otros de Casa Ayala, Tinoca, etc, podemos ver la figura de Valencia, arriesgándose con otros para pedir dinero en una acción que hoy en día no sería nada (hay miles de ONG que lo hacen) pero que en aquella hora, bajo la mirada y amenazas del cura, se convertía en un acto re militancia comunista  irredenta. Y si algo echamos de menos en el texto de Roberto es profundizar un poco en ese tipo de acciones o en las que le llevaron a esconder a Germán Pírez (destacado dirigente y reconstructor del Partido Comunista) y al Corredera en su casa. Hacer ese tipo de cosas, en los años cuarenta, cincuenta y sesenta era jugarse la vida y la libertad. Y Valencia se las jugó. Por eso es necesario que la gente conozca su historia para que sepan que si hoy en día tenemos democracia parlamentaria no es porque nos la otorgaron graciosamente por pactos de transición y demás zarandajas sino porque comunistas como Valencia lo arriesgaron todo para que los ideales de libertad y democracia se hicieran realidad. Son las gentes como él los que hicieron la historia, cada uno en su sitio, en su papel, en su trabajo. En el recuerdo de Valencia, en su ejemplo, nos miramos muchos que queremos para nuestra sociedad un cambio radical, de raíz, que dignifique a los hombres y mujeres y no los deje convertidos en simple objeto de compra y venta en el mercado de trabajo.

Por eso escribí ese prólogo, aunque cuando leí el libro me encontré con cosas que no terminaron de gustarme. Por ejemplo, creo que la experiencia vital de Valencia está poco explotada. No se habla de cómo organizaron esa especie de Socorro Rojo, cuándo y cuánto tiempo duró... Tampoco se cierran fechas en la ayuda de Pírez o al Corredera y en el cuadro cronológico final se deja un enorme blanco desde la salida de la cárcel hasta la llegada de la democracia, cuadro en el que sólo se reflejan algunos hechos de la vida privada, que no de la clandestina, de Valencia. Tampoco se habla de su participación en la red de solidaridad con los detenidos de Sardina, etc. Todo ello hace que deseemos otro libro sobre la vida del destacado militante, no tanto por intenciones hagiográficas, sino para que todos aprendamos de sus experiencias. Pues cuando los que nos consideramos comunistas leemos las vidas de dirigentes, teóricos y militantes, lo hacemos no de forma hagiográfica y pietista sino con la intención de aprender de la práctica de otros, criticar en el sentido marxista de llegar al fondo de las cosas y ver qué se puede aplicar de todas esas vidas a la realidad cotidiana.

Y por ello invito a todos a leer el libro de Roberto Domínguez, que escuchen a Valencia en sus escasas intervenciones, que hablen con él y espero que alguno termine por escribir todo aquello que nos interesa de la vida de Valencia.