Jerónimo Saavedra --flemático, irónico-- afrontó aquella comparecencia ante los medios de comunicación con una entereza y lucidez (la procesión iba por dentro) que contrastaba con el circo que había montado a su alrededor: los futuros nacionalistas haciendo malabares, y el resto de su partido girando como trompos sobre sí mismos sin saber si ir o venir. De ellos aprendí la sutil diferencia entre ‘estar' y ‘no estar' en el poder: políticos que hasta ese momento nos ninguneaban (sobre todos a quienes dábamos los primeros pasos en la profesión), buscándonos por las esquinas del Parlamento para declarar "lo malo, malísimos" que eran los censurantes; y "lo bueno, buenísimos" que eran los censurados (o sea, ellos).
Saavedra concluyó la rueda de prensa augurando largos años de oposición a su partido. Y así fue. Aquella operación matemática, suma y sigue hasta nuestros días. El mismo perro (con perdón) con distinto collar, salvo los comunistas. Desde mis escasos conocimientos de la política canaria --entonces entendía poco, y ahora absolutamente nada--, a mi aquel señor que abandonaba la Presidencia del Gobierno con una puñalada en la espalda, y que después llegaría a ser ministro, me parecía lo mejorcito que teníamos en Canarias.
Hasta que llegó su hora. El título del legendario film viene que ni pintado para describir la película que programa cada día el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, y a la que sus espectadores-ciudadanos asistimos atónitos. Al más puro estilo del oeste, sus protagonistas primero disparan y después preguntan en esta ciudad sin ley, sin sheriff, y dentro de poco sin guaguas.
Y es que el ex presidente del Gobierno y alcalde (¿qué ha pasado entre uno y otro cargo?) acaba de realizar unas declaraciones sobre la convocatoria de huelga que los trabajadores de la empresa municipal de transportes han anunciado, que no tienen desperdicio. "Es una huelga contra los ciudadanos pobres que no tienen coche para desplazarse", ha dicho Jerónimo. Cuando la leí me acordé, no sé por qué, de Federico Trillo y los micrófonos del Congreso. Después añadió: "Las cosas hay que hablarlas claras". Quizá el propio Saavedra no se ha dado cuenta, pero esta frase se ha convertido en una coletilla de sus intervenciones públicas; la suelta en cada entrevista o rueda de prensa, como diciendo "yo soy el único que me atrevo a llamar a las cosas por su nombre". Y no. Otros también hablan claro: las miles de personas que salieron a la calle a manifestarse contra la privatización de guaguas, también hablaron bastante claro. Y eso, sin entrar aún a rebatir la demagogia de su argumento. Que los pobres, Sr. Saavedra, ya no tienen ni para la guagua; que en realidad ahora cogemos la guagua quienes tenemos coche, para ahorrarnos la gasolina y llegar a fin de mes.
Aunque, pensándolo bien, algo de razón tiene el ex presidente del Gobierno, no todos se atreven a decir alto y claro lo que piensan, comentarios al estilo del que oí en la mencionada manifestación: "Y eso que la mayoría de guagüeros votábamos al PSOE". Y volvamos al 93, a Canarias, a la política y a la aritmética.
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