MARTA CANTERO LLEÓ
El gato se aburría, se aburría soberanamente. Desde la cama en la que vagaba, veía su porte altivo cruzar ante mi puerta, de acá para allá y de allá para acá. En varias ocasiones hizo amago de acercarse, y lo despaché sin miramientos. La última vez su rabo tieso me rozó la cara al darme la espalda, y le di un empujón. Nos miramos con cara de pocos amigos. Yo no podía con mi ánimo ni él con su aburrimiento.
No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando desperté de mi adormilamiento sentí mil arañazos en el alma. El dolor de los arañazos es muy suyo, ninguno se le parece: el brusco impacto de una pedrada, el sobresalto de un dedo trillado, el golpe seco en la canilla, la esquina de la mesa que se clava en el muslo... Son dolores contundentes, rotundos y fugaces, que nos dejan la molestia del cardenal. El arañazo parece una herida sin importancia, apenas un roce que nos dibuja, y luego colorea, rayas en la piel. Pero con el paso del tiempo el dolor no cede, más bien sucede lo contrario, parece crecer desde dentro hacia fuera y nos recuerda continuamente que está ahí, minando nuestras defensas.
Recorrí el largo pasillo que va de mi dormitorio al baño, y lo descubrí a mitad de camino: allí estaba mi pobre corazón, encogido y sangrante, latiendo malamente. A falta de ovillo, el gato había entrado silencioso en mi alcoba y lo había tomado prestado a modo de juguete. Se ve que se había entretenido a placer con él, lanzándolo hacia arriba entre sus patas de pequeño felino, haciéndolo rodar de uno a otro lado del pasillo, meciéndolo breves instantes colgado de sus finas uñas... Y el corazón ahí, encogido, sin encontrar el modo de defenderse, con el susto en el cuerpo. A punto del infarto.
Me pareció un exceso la venganza con la que mi gato respondió a mi desprecio. Desde ese día, cuando tengo el ánimo bajo, cierro la puerta de mi dormitorio y no dejó entrar a nadie.


















