Esta vez no fue el futurismo eléctrico de Messi, ni el impresionismo inalcanzable de Iniesta, ni el arte figurativo -pura geometría- de Xavi. Todas esas pinceladas estaban, como siempre, sí, pero Guardiola reinventó nuevamente al Barça más aparentemente anárquico de los últimos años y con los materiales del aluvión, en blanco y negro, sin la explosión cromática de otros duelos, con las pinturas de lo absurdo, creó nuevamente una obra maestra, con otro orden, con otra lógica, puro surrealismo, un verdadero Gernika para la afición madridista, que en plena segunda parte desistió y se tumbó en el diván, a tratar de entender tanta tortura.
Puro surrealismo desde el primer minuto. Valdés, el mejor portero con los pies de la Liga, regala un balón a la delantera blanca y Benzema convierte un fugaz festín de rechaces en gol. Casi cuarenta segundos y el Madrid, líder, le pone un pie encima a los azulgrana. ¿Cambiará el rumbo de la historia, estamos ante ese momento único en el que el orden del balompié mundial girará sobre sí mismo para despedir al mejor equipo de la historia?
Es entonces cuando Guardiola decide que esa noche toca surrealismo y se pone la bata creadora. Valdés no se achanta, y los propios compañeros le piden y le exigen y le animan para que cada control con los pies lo convierta en un pase, fronterizo con el riesgo, a los pies del compañero. Cada patada precisa de Valdés es entonces un hálito de esperanza merengue y un ingrediente más del juego irreverente, atrevido, único y valiente de un Barça que sabe que esa noche está creando una victoria más, pero distinta.
Y así llega la remontada culé, no del fino pincel de Messi, ni de la exquisita técnica de Xavi, ni del desborde elegante de Iniesta: de un disparo eléctrico de Alexis, de un tiro rebotado, de un cabezazo de Cesc. Pero, antes, de la fortaleza física y mental de Pujol, del descaro extremo de Piqué, de la batalla sin tregua de Alves.
El Madrid, ya entonces, se convirtió en un espectador atento e incluso entregado. Cristiano Ronaldo consuma su perfil tangencial y prescindible, un Beckam de nueva hornada, capricho de un presidente construido con los materiales de la soberbia y la ignorancia con los que en este país se han formado tanto constructor enriquecido. Y Benzema y De María demuestran que al fútbol se juega con dos pies en la hierba y una cabeza sobre los hombros. Sólo Xabi Alonso resiste la comparación.
Más que nunca, el Madrid conoce, con los tejados de la estima rotos, contemplando una vez más la obra azulgrana, esta vez menos manierista que nunca, que sólo hay un jugador sobre el que construir con los materiales del desastre: se llama Silva, y Mourinho, arrogante, no lo quiso.





















