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Martes, 22 de Mayo de 2012

Más de lo que creíamos, menos de lo que queríamos

Javier Doreste Zamora

Más allá de la guerra de cifras, los falsos triunfalismos o las informaciones sesgadas, la jornada de lucha del 29 de septiembre se puede resumir en la frase: más de lo que creíamos y menos de lo que queríamos.

Más de lo que creíamos pues hasta la víspera, pese al esfuerzo realizado por el sindicalismo de clase para explicar la necesidad de la huelga, muchos trabajadores seguían renuentes a secundarla. La mayoría de las razones que alegaban se centraban en la crítica mordaz a Comisiones y UGT, sindicatos oficiales, que habían convocado la huelga demasiado tarde, a destiempo, sin trabajo de base ni asambleas ni explicaciones a la gente. Los sindicatos oficiales habían convocado con una consigna derrotista y desmovilizadora, confiando más en la cobertura de los medios de comunicación que en las asambleas de los propios trabajadores, la agitación y la propaganda sindical. Nadie acude a una huelga a toque de pito, sino de manera consciente y racional, sabiendo el porqué y el para qué. La falta de debate con la gente, la explicación persona a persona, fueron cosas que brillaron por su ausencia en la convocatoria de los dos sindicatos oficiales. La patronal movilizó a sus medios de comunicación en contra y algunos políticos derecha declararon la guerra sucia a los propios sindicatos al denunciar el papel de los liberados. Esos mismos políticos callaron el papel de los miles de asesores, enchufados en la administración, vestigios de corrupción, para lanzarse contra los representantes de los trabajadores. Miraron la paja en el ojo ajeno y olvidaron la viga en el propio. La ofensiva en los medios criticando la huelga, la ofensiva de la patronal y la derecha, el descrédito y falta de trabajo sindical nos hizo temer por el éxito de la huelga.

Pero el trabajo de los sindicatos de clase, convocando asambleas allí donde llegaban, movilizando y coordinando con ellos a decenas de colectivos sociales y de trabajadores, implicando a personalidades públicas y a movimientos de todo tipo en la convocatoria de una huelga general que más que sindical debería ser ciudadana, dada la magnitud de la agresión a la población en general. El trabajo explicativo ante los afectados por la Reforma Laboral, la congelación de las pensiones, el recorte a las prestaciones, el tijeretazo a la mal llamada ley de dependencia, a la educación, a la sanidad, sirvió para movilizar e implicar a sectores ciudadanos que respondieron por encima de las expectativas de los propios sindicatos oficiales. La denuncia de la corrupción, la destrucción del medio ambiente, el empobrecimiento y abandono de amplias capas de la población, ha convertido a esta huelga en algo más que una huelga sindical. El peligro de los derechos laborales y las conquistas sociales de cobertura médica, seguridad social, enseñanza pública de calidad, protección a la mujer y al menor, el desmantelamiento de los servicios sociales por el recorte presupuestario, ha movilizado a la gente en contra de las políticas neoliberales y a favor de la huelga y la movilización general.

Todos estos sectores acudieron a las manifestaciones y la huelga y por eso esta última tuvo más efecto del que creíamos al principio. Ese, quizás ha sido el triunfo de la huelga. Que ha sido capaz de convocar a la movilización a la sociedad en general y que ha impulsado mecanismos de coordinación entre los distintos movimientos sociales y los sindicatos para frenar la ofensiva del poder contra los de abajo.

Pero no fue lo que queríamos en número de huelguistas y manifestantes. No ha sido lo suficientemente masiva como se merece la actual agresión de los capitalistas a la clase trabajadora y a la ciudadanía en general. Durante años el sindicalismo oficialista se ha encargado de desmovilizar a los trabajadores, educándoles en la cultura de la resignación y de salvar los muebles. Se han desideologizado las luchas y ha prevalecido más la práctica del dialogo que la de la movilización. Hay que decir que lo mismo se ha hecho desde las instituciones políticas con los vecinos y ciudadanos en general. Se cultiva la práctica del aburrimiento, del falso diálogo, del desprecio a la gente. Grandes sectores de la antigua izquierda se ha pasado al campo del enemigo de clase, se ofrecen como interlocutores de lo posible, como prácticos gestores y no como luchadores por los intereses de la gente que habita Canarias.

Y entre aquellos que aún permanecen en el campo popular reina la desconfianza, la división, el mantener cada uno su tingladillo, el reclamarse los verdaderos defensores de la clase... División que no es debate ideológico sino mezquindad, miopía política y soberbia personal. Y estoy seguro de que yo mismo he caído más de una vez en esa trampa.

Pero la huelga general ha tenido el mérito de poner en evidencia estos fallos de la izquierda canaria. La participación popular nos obliga ahora, a todos, sindicatos, partidos y movimientos sociales a trabajar por la unidad de la clase trabajadora. La huelga ha puesto en el primer plano esa necesidad de unidad. Ahí es donde debemos poner el acento. Unidad en la acción, no de puestos o listas. Esa vendrá o no según la circunstancias del momento. Ahora se trata de la unidad en la acción, en el día a día, desde la base, en contra de los PGOU, de los recortes presupuestarios, de la ley de Sanidad, de la reformada ley de especies protegidas, en contra de tantas y tantas agresiones a Canarias y a su gente. Desde la Reforma Laboral a la congelación de las pensiones. Desde la lucha por una vivienda, un puesto de trabajo, una educación y una sanidad dignas. Por una eficiente cobertura social, por la democracia participativa, por otra sociedad, más justa y más digna, donde no seamos mercancía ni carne del capital.

La hora de la unidad ha llegado, de la generosidad y voluntad de los que se reclaman de izquierda depende. Nos la exige el momento y nos la exige el pueblo de Canarias.

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