González Ramos fue un militante comunista torturado sin piedad hasta la extinción por José Matute Fernández, comisario de la sangrienta Brigada Político Social experto en judo. Da igual a qué organización pertenecía, pero, casualidades de la vida: las mismas de las cuales éramos simpatizantes y colaboradores: OPI (poco tiempo después, PUCC), PCE. En 1975, alrededor de doscientas personas acudimos a la misa mortuoria en la iglesia de San Francisco y a la salida de la misma había un despliegue policial en verdad de espanto, con pistola en mano, porrazos, carreras, persecuciones, rencor, odio, militancia democrática, dignidad. Hoy una calle de La Laguna lleva su nombre, pero entonces fue manipulado y utilizado -en el peor sentido del término- para garantizar o desacreditar una filiación más que honrada: mitológica.
Coincidimos con García Lorenzo en la Facultad de Químicas de la Universidad y solíamos sentarnos en las últimas filas del aula. Casualidad. La policía buscaba al delincuente El Rubio, al parecer implicado en la desaparición y muerte del empresario Eufemiano Fuentes en 1976. Un secreta se puso nervioso -versión oficial- y disparó a través de la puerta en la casa de Bartolomé en el barrio de Somosierra. Otro muerto. Lo recordamos alto, con barba, tímido, silencioso. Hubo una huelga general, dos días de manifestaciones, balas de goma de las que matan contra toniques y empeño por aniquilar la sinrazón chulesca de las autoridades, y la calle era nuestra -no de Fraga-, desde los barrios hasta el centro de la ciudad. Nos consta que el coche particular de un amigo íntimo de Matute -también policía al que le pagaban por torturar, un tal Ciro- fue volcado en otro barrio de Tenerife. Hasta entonces, nunca vimos ni participamos en una movilización tan enorme.
Acostumbrados a bajarnos en la parada de guaguas justo a la derecha de la Universidad, frente al complejo deportivo, ese día nos sorprendió que en los jardines interiores no hubiera nadie (por lo general, parejas de amadores). Al llegar a las escaleras de entrada, gritos: corre, sube rápido, ten cuidado; ya desde la puerta principal vimos a guardias civiles pistola en mano muy cerca del colegio mayor San Fernando, oímos detonaciones y el miedo nos ganó, acaso tuvimos suerte: huimos de allí. A la media hora nos enteramos: había caído Francisco Javier. No lo conocíamos ni de vista en las asambleas antifascistas, éramos tantos. Otro mito, esta vez en 1977, sangre derramada en la lucha por la libertad. La mayor manifestación universitaria, la policía entró a caballo en el recinto: vinieron los grises del pañuelo morado al cuello, de Valladolid, con fama de la máxima violencia. Recibimos algunos porrazos para poder salir de un aula. Negociaciones con la policía en la avenida de La Trinidad porque no pudieron frenar nuestra indignación.
Llámenlo como ustedes quieran: memoria histórica, lucha contra la desmemoria democrática u oficio de vencidos con la cabeza bien alta: estas líneas a botepronto nos han visitado y no queremos autocensurarnos este día de octubre, por eso estos tres nombres.






















