"Si hay guerra, será total", ha dicho Ahmed Bujari, delegado del Polisario en Madrid, tras el reciente baño de sangre (masacre) en el desalojo del campamento junto a El Aaiún por parte de fuerzas militares de la monarquía alauí. Evitamos la guerra de cifras, siempre disminuidas por los agresores. Nos alejamos no mucho en el tiempo y surgen la Marcha Verde, la cobardía de la entonces España franquista al dejar en la estacada al pueblo saharaui, Mustafá Sayed (El Uali o Lulei), un conflicto que los sucesivos gobiernos españoles han pasado por alto, minimizado, pese a la atrocidad de las bombas químicas arrojadas en 1976, iguales a las que EEUU utilizó en Vietnam. La amistad de Juan Carlos I con Hassan II, la payasada de Aznar ofreciéndole pañuelos al actual dictador marroquí en el entierro de su padre, la tendencia al olvido de dirigentes europeos de la manifiesta voluntad de hacer sufrir (desaparecer) a ciudadanos indefensos, la impotencia política de Felipe González para lograr una solución pacífica y el surgimiento del término intifada saharaui nos hacen temer lo peor.
Sabemos lo que ha sucedido y sucede con el pueblo palestino, la corrupción en la OLP, la ruptura de Edward W. Said con Arafat, la resistencia heroica del gran poeta Mahmud Darwish componiendo versos con la guitarra (metralleta) al lado hasta el día de su muerte, la solidaridad literaria de Jean Genet (Un cautivo enamorado) similar a la de Tomás Bárbulo (La historia prohibida del Sáhara español). Tampoco ignoramos quién está al mando en Naciones Unidas: el lobby judío y en parte la extrema derecha estadounidense, como en la invasión y ocupación de Irak (los sub-bufones de Las Azores sólo cumplieron su papel tragicómico de comparsas), la globalizada negativa de los grandes poderosos a construir sociedades más igualitarias en este planeta inhumano, los ciudadanos hiperconsumistas de Occidente más preocupados de sus vestimentas a la moda que del sida, las guerras y el hambre que matan en África, los abundantes cínicos que esgrimen el I+D para justificar lo injustificable, las pateras o cayucos, que la patria sólo puede ser un ideal para aquellos que no la tienen.
Ello nos obliga una vez más a denunciar estas atrocidades y refugiarnos en letras, músicas.






















