Simplificando, podemos decir que todos los factores mencionados tienen tras sí como principal pivote el elemental juego de la oferta y la demanda, que se saben ajustadas desde hace unos años en el mercado petrolero. La oferta de petróleo global se ha ampliado casi exclusivamente del que proviene de aguas profundas y de las "arenas bituminosas" del Canadá; también se ha incrementado la producción de agrocombustibles. Toda esta nueva oferta alumbra los mercados a precios muy superiores que los del petróleo fácil del Medio Oriente. Por otro lado, la demanda mantiene su pugna con la incipiente, aunque muy desigual recuperación económica global, y las aún sorprendentes cifras del gigante asiático, que aún hoy crece con dos dígitos anuales en consumo de combustible.
El economista jefe de la Agencia Internacional de la Energía, Fatih Birol, ha calificado el momento actual de "zona de peligro" para la economía mundial. Diversos economistas han dibujado un panorama que vincula claramente un petróleo alcista con otra crisis económica, conocida la relación entre el incremento del precio del crudo, la inflación generalizada y la subida de tipos de interés, que frenaría las expectativas de mejora económica en muchas zonas del mundo desarrollado, más devoradoras de recursos energéticos. Se cuestionan estos estudiosos de la energía si no estaríamos ante un periodo de crisis cíclicas en las que la destrucción de la demanda y posterior crisis que provocaría un petróleo caro traería consigo un abaratamiento de éste hasta que un ulterior episodio de recuperación – como el que se vive en muchos países – provoque nuevos repuntes de precio del crudo, crisis económica, y así sucesivamente. La lógica de este planteamiento se encuentra en que el fin del petróleo barato largamente anunciado no ha sido reemplazado, por ahora, por un recurso energético de similares prestaciones a precio económico. Cómo será la transición energética y a qué coste está aún por ver.
Sí que parece imprescindible por lo tanto, y no sólo por motivos macro y microeconómicos sino también climáticos, de salud pública, de precaución, etc., ir reduciendo el consumo compulsivo de gasolina, lo que incluirá importantes cambios en nuestros hábitos de consumo. No se tratará tanto de extrañarnos por ver un precio cada vez más espectacular del combustible sino de dar pasos decisivos para deshacernos del derroche que supone nuestro consumo energético actual, y dedicar mayores esfuerzos a reducir nuestra vulnerabilidad y dependencia extrema del petróleo, haciendo un acopio de "buenas prácticas" ya implantadas que deben formar parte de nuestra agenda para la transición energética, un incierto periodo de cambios que parece haber empezado ya.






















