Con todo, saber lo que es beneficioso y perjudicial para nuestros modos de ser y nuestros objetivos vitales, es un asunto muy complejo y así se refleja en la historia cultural. Para cubrir el anhelo de los seres humanos de encontrar sentido a nuestras vidas y a nuestro mundo, sobretodo en la antigüedad, se elaboraron diferentes mitologías y credos religiosos y, más tarde, en la modernidad, se conjeturaron diversos sistemas ideológicos. El pretendido carácter sobrenatural y consolador de las concepciones transcendentes y la supuesta comprensión totalizante de las ideologías, aún perdurando, han ido perdiendo apoyo y fuerza en las culturas donde se valoran más el pensamiento crítico y el conocimiento experimental. Así, frente al "más allá" y las explicaciones "ideales" de los fenómenos humanos, han surgido nuevos modos de certidumbre mucho más modestos, pero bastante más intersubjetivos, es decir, más acordes con las facultades y capacidades comunes a todos los seres humanos.
Aún así, continuamos desarrollando nuestras personalidades insertos en conceptos y valores culturales, en muchos aspectos, convencionales y contradictorios. Y aunque, ciertamente, las actuales sociedades de nuestro entorno cultural se mueven -empleando los términos de Kant- hacia la "ilustración", todavía permanecen lejos de ser "ilustradas", si es que ello llegará a alcanzarse alguna vez.
Por lo demás, "tomar conciencia" requiere de algo más que inteligencia. Porque los seres humanos siempre somos –tanto en los aspectos biológicos, como en los sociales- con los demás y para los demás, nos desarrollamos en estrecha vinculación con otras personalidades con las que debemos pactar vías compartidas de "vida buena". Y este es el ámbito de la ética.
La conciencia personal, para ser completa, requiere del ejercicio perseverante de las facultades intelectuales y de la práctica coherente de la sensibilidad moral. Estas destrezas son las que nos permiten prosperar hacia una comprensión clara e integral de nuestra condición y llegar a ser sujetos tan autónomos, como solidarios. Por el contrario, la lucidez y la compasión, por separado o mal complementadas, tienden a extraviarse mutuamente y a crear monstruos de falso conocimiento y de entrega tramposa. Los expertos de las organizaciones llamadas "tanques de pensamiento", mercenarios al servicio de grupos de presión antisociales, representan la indignidad de quienes instrumentalizan técnicas y saberes, desvinculándolos de sus responsabilidades públicas. Los activistas de la caridad y el socorro que no atienden a las causas del desposeimiento de los empobrecidos, muestran a las claras, las contradicciones de los asistencialistas miopes. "La verdad y el bien", en asuntos humanos, no se dan desligados.
La conciencia auténtica y comprometida se empodera cuando se expresa en actitudes apropiadas. "La actitud es [...] cierta forma de motivación social que impulsa y orienta la acción hacia determinados objetivos y metas. [...] la actitud se refiere a un sentimiento a favor o en contra de un objeto social, el cual puede ser una persona, un hecho social, o cualquier producto de la actividad humana." (Wikipedia). Es decir, no toda conciencia "sabe", no toda ética "quiere", ni toda actitud "sirve". Hay que cuidar los contenidos, los sentimientos y las formas, para conocer, amar y crear con coherencia y eficacia. A uno mismo y a los demás. Todo un reto, toda una misión, toda una obra. Pero ¿hay algo mejor en que emplear el tiempo en que estamos vivos?






















