¿Por qué ese cuento y no otro? ¿Por qué algunas historias perduran en la memoria como semillas donde duermen grandes árboles? ¿Eligió la escritora la trama de ese cuento o fue escrito por imposición moral, al margen de su voluntad? Lo cierto es que Contra Fortinelli, relato incluido en el libro Una enfermedad moral, de Soledad Puértolas, lo he llevado conmigo desde hace un quindenio, incluso había olvidado su nombre, pero la narración estaba ahí: una mujer vive en un pequeño pueblo y es acosada por el profesor de su hijo, en fin, ya se sabe… es el final, la imagen que se queda grabada para siempre, en la pequeña plaza de la iglesia, en público y después de algunos años, ella le propina un puntapié en sus partes y mantiene alta su dignidad. Había olvidado su nombre, pero el árbol creció y dio luz a mi memoria. Luego leí Burdeos y todo lo que vino después, con mención especial para Queda la noche, su mejor novela pese a que con la misma ganó el Premio Planeta en 1989. Yo sospechaba que esta escritora y quien esto escribe bebíamos al menos en un par de fuentes iguales, y me sorprendí subrayando con rotulador rojo algunas frases de esa obra: “Me dejó con la impresión de que ciertamente la vida nunca se terminaba y que las ganas de vivir resurgían en los momentos más inesperados”, “jamás se sabe (en el amor) cuál es papel que le toca a cada uno”, “siempre gana quien más insiste, quien se ha marcado una meta”, y así sucesivamente.
En algunas de sus novelas yo había escrito en los márgenes de las páginas algunos nombres: Joseph Roth, Montaigne, Pavese, Drumond de Andrade, Chejov, Virginia Wolf, Pessoa, porque aquí y allá estaban la bondad y hondura de uno el desasosiego del portugués, la sabiduría del austriaco Roth, el mundo interior de la otra, la desesperanza del brasileño, el sufrimiento del italiano. Por todo ello yo amaba a Soledad Puértolas a través de su literatura, y además no era como otros y otras colegas, amigos de alharacas, ferias de vanidades y guiños para la galería. De modo que cuando publicó La vida oculta, Premio Anagrama de Ensayo 1993, lo celebré con alegría. ¡Me había acercado a la criatura ideal! En ese libro la escritora nos habla con lucidez y rigor del oficio y el arte de narrar. ¡Ah, son tantas las reflexiones de otros creadores que, por separado, habíamos hecho nuestras y que detalla y reproduce! El final de un poema de Carlos Drumond de Andrade que yo había aprehendido con estoicismo, conmocionado ante el hallazgo, y que Puértolas reproduce íntegro en su ensayo: En vano las mujeres llaman a tu puerta, no abrirás. / Te quedaste solo, la luz se apagó, / pero en la sombra tus ojos resplandecen. / Es todo certeza, ya no sabes sufrir. / Y nada esperas de tus amigos.
Cervantes, Kafka, Flaubert, Emile Bronte, las mujeres casadas y los escritores del siglo XIX, variados artículos de prensa y declaraciones que ambos habíamos recortado, como armándonos para prevenir o soportar los palos del sistema y los de la vida. Vida y literatura pavesianas: la literatura es una es una defensa contra las ofensas de la vida, amar sin reservas es un lujo que se paga, se paga, se paga, y así sucesivamente… está dama me enseñó que siempre se escribe a favor de la vida, y que el secreto es hacer como si tuviésemos lo que más dolorosamente nos falta. ¡Ah, mi querida Soledad Puértolas! ¿Por qué la vida oculta, por qué esa vida y no otra? ¿Por qué Clarice Lispector y Elizabeth Barret Browning? Esos árboles gigantes que son como ángeles de la guarda, así en el amor como en la soledad y la muerte, en la melancolía y la dicha.






















