Recordamos el título de un artículo del gran sociólogo Enrique Gil Calvo ("Que felicidad, vivir sin Aznar") cuando la derecha perdió las elecciones generales. Ignoraba don Enrique los resortes y apoyos siniestros con que contaba el personaje. Más atrás en el tiempo quedan las cuantiosas subvenciones europeas (de las que se arrepintió luego un canciller alemán), la irresponsabilidad de llamar Movimiento de Liberación Nacional Vasco a los terroristas del tiro en la nuca y el atentado a Hipercor, y la esperpéntica "liberación" del islote de Peregil. En medio, dos legislaturas de regresión democrática caracterizadas por el recurso lingüístico del "España va bien" y por ruedas de prensa en las que nos trataba de imbéciles utilizando los dedos de su mano derecha para contabilizar a todos los españoles los caminos a seguir, como si estuviéramos en la escuelita. Ahora todo indica que nunca se ha ido; mientras se aliaba (enriquecía económicamente) con Murdoch, Berlusconi y compañía, nuestro homúnculo tenía en el fondo de la testa a este país, tan necesitado de tipos como él, José María Pemán y Escrivá de Balaguer, Ángel Acebes y Hernández Mancha, Pedro José y la Cope-dal.
Nada de nobleza, trabajo, esfuerzo; virtudes que parece ignorar. Lo suyo es soltar una barrabasada tras otra, reír con un cinismo sostenible que ha dado la vuelta al mundo, continuos gestos de mala educación y vulgaridad. Sin duda, la derecha de este país se merece a otro líder, pero le cuesta demasiado encontrar a alguien tan capaz de removerse en el fango propio y el ajeno con la soltura de este renacido pajarraco cuyo único propósito es la crispación o el hazmerreír, depende del estado de ánimo de cada uno de nosotros. Su estrategia ha sido y es clara: o yo o el caos, elegid. Es decir, como todos los dictadores. Rajoy no lo puede ver (por prescripción médica) Mariano Rato tampoco, y Ruiz Gallardón ídem de ídem. Pero el verdadero problema es otro, a saber: le cae bien a buena parte de la ciudadanía, lo cual pasa a convertirse en una cuestión de Estado.
En fin, no olvidemos que también Berlusconi y Hitler también fueron elegidos en las urnas, no hace tanto tiempo; entretanto, demos por bueno el estreñimiento que padecemos algunos melancólicos y digamos, bien alto una vez más, no al fascismo, así sea encubierto o desafiante.






















