Hace unos días una amiga preguntó qué le parecía el elegido por la crítica como libro español del año en 2009 y la respuesta fue sincera: no lo había leído, pero además recelaba de casi todos los galardones. Porque suelen ser otorgados por catedráticos del zoquetismo y habituales vividores del gobierno de turno (nacional o regional), por el gurú para la ocasión o por amistades peligrosas o amiguismos melosos, como cualquier secretario de Estado rijoso, el ministro o consejero en funciones, nada fiables en ningún caso. Como dijo una vez el gran Ernesto Sábato, hay más de cuatrocientos millones de lenguas españolas, una por cada hablante. Así las cosas, la única virtud aliada de los lectores es la duda, esa gran compañera que nos guía por los vericuetos de la investigación como imparcial juez o fiscal anticorrupción en el mundo de las letras. ¿Quién niega a esta altura la grandeza de García Márquez porque sigue siendo amigo de Fidel Castro? Los estúpidos. ¿Quién se acuerda del tenebroso oficio de censor que ejerció Cela durante buena parte del franquismo? Los muchísimos escritores que padecieron esa cruel mezquindad. Por experiencia, se dice el sujeto, hay que huir de los considerados eruditos (ya ridiculizados por Pope: siempre leyendo para nunca ser leídos) y de los "sabios de tertulia", tan de moda en este país, tan risibles, así en literatura como en política.
La misma amiga pregunta: ¿Sartre o Camus? Los dos. ¿Zapatero o Aznar? Manuel Azaña. ¿Qué escribes ahora? Contra esto y aquello, a favor de los controladores aéreos. ¿Hay alguien más que se salve de la quema? Tú y yo, los trabajadores, los parados, las lentejas, el amor, los amigos, algunos pintores. ¿Cómo ordenas tu biblioteca? Si te apetece, vamos a la cama. ¿Estás jugando al escondite conmigo? Qué más quisiera. ¿Quién te robó hoy el humor? Vida, realidad y políticos, pero todavía queda algo, érase una vez... Y así sucesivamente. Llegaron, en fin, a una conclusión: todo está escrito, y acaso dicho, lo que varía es la forma, innovar, subvertir el lenguaje, inventar palabras y situaciones: "el paote" (del canario Rafael Arozarena) en vez de poeta, "los robaideas" en lugar de gestores culturales, "los comebarato" (título de una magistral novela de Thomas Bernhard), "cronopio" (Cortázar) para jugar y desorientar al ser humano. "Quiero contarte una historia real ocurrida precisamente tal día como hoy", le dijo a ella, pero estaba dormida, quizá soñando en otro mundo. Ah, la placidez de la melancolía; se imponen respeto y silencio. Él memorizó unos versos de Alfonsina Storni: "Fue un momento de paz tan exquisito / que yo sorbí la luz del infinito / y me asaltó el deseo de llorar".






















