“Cinco horas con Mario” no tienen nada que ver con mis “dos horas con Miguel”. Conocí a Miguel Delibes como tantas miles de personas en este país leyendo su famoso “El Camino” cuando cursaba bachiller, el de antes, el de los años 70 cuando la literatura era para algunas como yo un mundo por descubrir, un sueño que cumplir.
Mi amiga Concha y no prima, a pesar de apellidarnos igual, y compañera de profesión, dice que mi forma de escribir es tan leíble como la de don Miguel… Ya me gustaría parecerme a él. Pero por encima del escritor, del periodista que ha llenado miles de horas de mi vida con su estilo, recuerdo a la persona.
¡Qué suerte tuve ese día! No recuerdo la fecha exacta, se que cubría los cursos de verano de
Quedaban espacios libres a mi lado y me quedé impresionada cuando de repente, apareció don Miguel y se sentó allí a mi izquierda… No sé qué tiempo transcurrió, yo presumo que fueron dos horas, pero posiblemente no llegó a una, comíamos para proseguir la jornada por la tarde y casi no había tiempo para descansar, eso sí recuerdo que no había que salir a la calle para fumar, ni pedir permiso, allí todos encendíamos el cigarro a demanda de nuestros pulmones…
Ese fue mi breve pero intenso contacto con este hombre que ayer moría a las siete de la mañana en su casa de Valladolid. Posiblemente jamás se acordó de mí o mi nombre, ni mi majadera forma de acosarle a preguntas, de escucharle hablar…
Me quedan y nos quedan a todas y todos sus libros, la mejor manera de conocer a una persona, una pena y una envidia sana, porque quiénes nos dedicamos a ser las escribanas y escribanos del mundo, soñamos con expresarnos con la claridad, con la sencillez, con la naturalidad con que lo hacía Miguel.






















