Pero sin embargo, acabada la última frase, cerrado el libro con el regusto de haber leído otra vez, de otra manera, de forma diferente, la vida de Meursault, volvemos a leer, esta vez más despacio, intentando que el galope del estilo no nos arrastre y nos impida encontrar el auténtico sentido a la obra.
Y no es sólo la historia de la decepción y el desengaño de un maqui, ni la de un jerarca falangista machistamente homosexual... Ni siquiera la de la sordidez de las ciudades de provincia bajo el franquismo. Las putas sórdidas, las pensiones sórdidas y la pasma más sórdida aún. Esas ciudades, que daba lo mismo donde estuvieran. En medio de la meseta o en tristes puertos congelados por la autarquía. En todas ellas, y aquí Ravelo hace de Simenon, la misma estrechez de miras, sea cual sea el bando en que se sitúen los personajes, la misma cobardía ante el mañana, la misma chulería de los vencedores y el mismo miedo en los vencidos. Tampoco es una historia sobre el absurdo de la existencia, aunque nos tiente Onetti en algunas páginas. Es, sobre todo, la historia de amor de un Pedro y una Pilar, atrapados para su desgracia en la mediocridad de la ciudad descrita. Demasiado dependiente con el pasado el uno y temerosa del futuro la otra. Entre la ambición por liberarse del primero y la cobardía de abandonar su patética seguridad de la mujer. Y sobre esta contradicción se diseña la trama. Entre el puedo y no quiero y el quiero y no puedo de dos seres que se encuentran en medio de la más lúgubre parte de la historia de España. Aquellos siniestros años de la penumbra en que sumieron los nacional católicos al país no dejaba al amor sino el resguardo de las sombras y la clandestinidad. Para salir de ella actúa Pedro, para poder llevar su amor a zonas de luz. Pues ni la ambición de enriquecerse ni la sed de venganza, ni el despecho explican los actos del personaje. Desde el primero al último. Es simplemente, como en las obras clásicas de siempre, el amor.






















