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Domingo, 05 de Febrero de 2012

Alexis Ravelo escribe novelas de amor

Javier Doreste Zamora
De manera contundente Ravelo reincide en la buena literatura. Ya lo hizo con La noche de piedra y ahora vuelve a hacerlo con Los días de mercurio. Ciento ochenta y tres páginas de muy buena literatura, escrita para el placer del lector. Rápida y ágil, con un estilo que oscila entre el hirviente de Himes y el cortante de Ellroy. De entrada puede que uno tenga la sensación de estar leyendo una obra de McCoy o de cualquiera de los clásicos de la novela más dura de la serie negra. Pero a poco que se van pasando las hojas y se avanza en la lectura otra sensación se va produciendo en el lector: la forma elegida no obliga al género. Ravelo va más allá de alguno de esos escritores que ofrecen acción por acción, casi sin reflexionar, o una imagen descarnada y cruel de la realidad americana. Todo lo contrario, para calar el auténtico sentido de la obra hay que pararse de vez en cuando. Lo que es realmente difícil, pues el estilo de Los días de mercurio, mucho más rápido y ágil que su predecesora, dificulta que uno deje de leer, obliga a seguir leyendo, como una adicción. Y la brutalidad de algunas imágenes (todo su cuerpo se aflojó como una ubre vacía) no ayuda, desde luego a reflexionar.

Pero sin embargo, acabada la última frase, cerrado el libro con el regusto de haber leído otra vez, de otra manera, de forma diferente, la vida de Meursault, volvemos a leer, esta vez más despacio, intentando que el galope del estilo no nos arrastre y nos impida encontrar el auténtico sentido a la obra.

Y no es sólo la historia de la decepción y el desengaño de un maqui, ni la de un jerarca falangista machistamente homosexual... Ni siquiera la de la sordidez de las ciudades de provincia bajo el franquismo. Las putas sórdidas, las pensiones sórdidas y la pasma más sórdida aún. Esas ciudades, que daba lo mismo donde estuvieran. En medio de la meseta o en tristes puertos congelados por la autarquía. En todas ellas, y aquí Ravelo hace de Simenon, la misma estrechez de miras, sea cual sea el bando en que se sitúen los personajes, la misma cobardía ante el mañana, la misma chulería de los vencedores y el mismo miedo en los vencidos. Tampoco es una historia sobre el absurdo de la existencia, aunque nos tiente Onetti en algunas páginas. Es, sobre todo, la historia de amor de un Pedro y una Pilar, atrapados para su desgracia en la mediocridad de la ciudad descrita. Demasiado dependiente con el pasado el uno y temerosa del futuro la otra. Entre la ambición por liberarse del primero y la cobardía de abandonar su patética seguridad de la mujer. Y sobre esta contradicción se diseña la trama. Entre el puedo y no quiero y el quiero y no puedo de dos seres que se encuentran en medio de la más lúgubre parte de la historia de España. Aquellos siniestros años de la penumbra en que sumieron los nacional católicos al país no dejaba al amor sino el resguardo de las sombras y la clandestinidad. Para salir de ella actúa Pedro, para poder llevar su amor a zonas de luz. Pues ni la ambición de enriquecerse ni la sed de venganza, ni el despecho explican los actos del personaje. Desde el primero al último. Es simplemente, como en las obras clásicas de siempre, el amor.

 

1 comentario

  • Enlace comentario Cristian Ravelo Miércoles 16 de Febrero de 2011 17:35 Publicado por Cristian Ravelo

    Buen articulo :)

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