Este tiempo que trota se muestra propicio para publicaciones recetarias que inducen a lecturas superficiales o perniciosas que las editoriales se apresuran a ofrecer en envoltorios llamativos, y a ese juego comercial y fraudulento se ha unido el instituto que lleva por nombre el de nuestro primer escritor. Si bien es de agradecer que no escaseen ediciones de bolsillo de los clásicos de la literatura o filosofía –a las que cualquier trabajador/a tiene acceso, dicho sea de paso- , también es cierto que abundan productos mediocres que pretenden reducir la aventura del conocimiento de cualquier disciplina a cuatro lugares comunes mal hilvanados y extendidos sin miramiento alguno. La oferta es tan copiosa como el dios-mercado: remedios para escapar de la melancolía, manuales para aprender a ser artista, técnicas de bricolaje, doctrinarios para políticos y otros tiburones, consejos para escribir un best seller o componer un poema excepcional, y así sucesivamente. De todos esos garabateos y palabrerías llama la atención la modalidad de los denominados "talleres de creación", anunciados con reclamos tan descarados como los utilizados por los estafadores que venden píldoras contra el envejecimiento. Los comerciantes de esos productos editoriales actúan con la convicción de que buena parte de los potenciales compradores son embaucados con un cuidado formato y un título convincente. Para ellos basta con que el perfil del futuro lector-oidor se aproxime a una adecuada mezcla de ignorancia e ingenuidad; luego llega lo de siempre: inicio-desarrollo-nudo-desenlace y demás tonterías. En esa hipocresía se hayan inmersos autores de cierto prestigio, universidades, ayuntamientos, centros culturales, diletantes desvergonzados; en fin, una ristra de monederos falsos que, paradójicamente, cobran por esa especie de estulticia.
¿Se puede enseñar a escribir un cuento, una novela, un guión? ¿Se aprende a imaginar? ¿Se imparte el talento? ¿Es honesto no ya teorizar sobre la propia experiencia, sino trasladar esas reflexiones como quien explica la manera en que se resuelve una ecuación de segundo grado? ¿Hay alguna escritura que no sea creativa, al margen de la legión de imitadores que nos inunda? No, no y no, que diría una persona rebelde. El excelente escritor Horacio Quiroga enhebró un "Decálogo del perfecto cuentista", una divertida joya para iniciados cuya única trampa, por así llamarla, es una tierna ironía frente a la indefensión (en algunos casos ansiedad, angustia) del artista frente a la página en blanco. Isaak Babel y Julio Cortázar, entre otros, aportaron testimonios tan alejados de cualquier receta como cercanos al ensayo de calidad. Más cerca en el tiempo, Augusto Monterroso nos ha brindado los hermosos libros "Viaje al centro de la fábula" y "La palabra mágica", perlas que vienen a confirmar la imposibilidad de dictar normas en todo aquello que se refiere al arte, si es que a un escritor/a se le puede llamar artista. Y quizá quien mejor haya sugerido o aconsejado a quien empieza sea Cesare Pavese, que recomienda, en pocas palabras, vivir, vivir y saber leer, vivir el sufrimiento de otros a través de la lectura, vivir y hablar en el desierto. En fin, estar solo día y noche mientras dure la travesía... Pero eso no es tan fácil ni se aprende en un taller de tres al cuarto.
P. D: Una amiga aporta a la república de las letras, con elegancia, la práctica de la transgresión, innovación, subversión, el arte de ser francotirador, de ser uno mismo.