Ezequiel Pérez Plasencia
Perplejidad y sevicia
EZEQUIEL PÉREZ PLASENCIA
Si Dios existe, es muy probable que se haya olvidado de La Habana, porque desde hace años allí suceden los acontecimientos más increíbles, desde la desaparición en vuelo de Camilo Cienfuegos hasta la visita sorprendente de un Papa recibido con honores por un dictador y un premio Nobel de Literatura, pasando por un largo período de ciudad burdel mundial, especialmente estadounidense, y otro largo tramo de tiempo de miseria que continúa. La estela de ese fuego que no se aleja puede verse hoy reflejada en las aptitudes adoptadas por los nacidos en esa ciudad mítica que nos ha regalado a José Martí, Lezama Lima, Mirtha Ibarra, Calvert Casey, Carpentier, Antón Arrufat, Tomás Gutiérrez Alea, Pablo Milanés, Violeta Rodríguez y otros genios del arte y encantó, asimismo, a seres excepcionales como Federico García Lorca, María Zambrano, Jean-Paul Sartre, Julio Cortázar, Mario Benedetti, Italo Calvino, Eduardo Galeano, entre muchos. Se prostituye gran cantidad de mujeres, niños y hombres sólo para comer, lo cual es comprensible aunque sumamente horrible, pero lo peor del caso es que cuando abandonan el suelo en que nacieron algunos olvidan pronto ese calvario y se convierten en mentirosos compulsivos, manipuladores, ladrones, amenazadores de las almas caritativas que los rescataron. Uno de esos ingratos, "ingeniero agrónomo, poeta, peluquero, cantante...", que por unas gotas de semen -no se sabe si suyo o de su amante, pues era y es homosexual, lo cual es respetable- proporcionó un niño a una mujer (acoquinada, maltratada y humillada en Cuba, España y Alemania), y viendo en peligro el privilegio conseguido mediante la sevicia perpetrada con ayuda de su socio y compañero de cama, acaba de hacer otra de las suyas: enfrentar entre sí a una familia y enloquecer a parte la misma. Así las cosas, es intención de un español temerario viajar pronto a Munich para meterle al sujeto un revólver culo arriba, hasta las entrañas; "pronto apareceré en las páginas de sucesos", comentó hace poco. En vano los amigos de este buen hombre (estudió en las Escuelas Pías en Gracante, y luego Teología en Madrid) tratan de convencerlo para que renuncie a esa "locura de justicia", que se calme y deje todo en manos de Dios, si existe. Perplejo permanente, últimamente estaba radicalizado, pugnaz, obsesionado también con su representante en la tierra, un tal Benedicto, salpicado por el lodo de abusos sexuales a menores en la Iglesia católica. Sólo les queda a esos amigos ojear de vez en cuando las páginas de sucesos, aunque otros han optado por rezar, agazaparse en el miedo o recomendarle que escriba.
Arte
EZEQUIEL PÉREZ PLASENCIA
—Yo también cometí un gran pecado: no fui feliz.
—Eso creo que lo dijo un argentino.
—Me encantan sus personajes crapulosos, me refiero a los de usted.
—La imaginación no se elige, la vida me mostró personas más o menos semejantes, ese francés del viaje al fin de la sombra al que con torpeza e ignorancia han buscado paralelismos conmigo, el otro nórdico al que admiré, la miseria global, me hacen gracia algunos igualitarismos gratuitos cuando se ignora la pobreza de más de las tres cuartas partes de la humanidad. ¿Qué me dice del verso Vendrá la muerte y tendrá tus ojos? Lo pregunto por lo que expresan los suyos en este momento.
—Conozco eso desde hace tiempo, y se me quedó grabado en la testa el día, mes y año en que se despidió de este mundo su autor. Mi primer libro contiene un cuento con esa cita inicial pero trastocada, Verrà la vita e avrà i tuoi occhi, todo por una mujer a quien amé.
—Podía haber empezado por ahí, lo de la escritura. ¿A qué espera?
—A concluir este contacto, para saber bien por qué su silencio.
—Por puro afán de contradicción, y porque algunos han dicho que yo era el hombre más triste del mundo.
—Creo que el arte sirve para limpiarnos los ojos.
—Mejor para encender hogueras, para arder.
Manipulación, eruditos, silencio
Hace unos días una amiga preguntó qué le parecía el elegido por la crítica como libro español del año en 2009 y la respuesta fue sincera: no lo había leído, pero además recelaba de casi todos los galardones. Porque suelen ser otorgados por catedráticos del zoquetismo y habituales vividores del gobierno de turno (nacional o regional), por el gurú para la ocasión o por amistades peligrosas o amiguismos melosos, como cualquier secretario de Estado rijoso, el ministro o consejero en funciones, nada fiables en ningún caso. Como dijo una vez el gran Ernesto Sábato, hay más de cuatrocientos millones de lenguas españolas, una por cada hablante. Así las cosas, la única virtud aliada de los lectores es la duda, esa gran compañera que nos guía por los vericuetos de la investigación como imparcial juez o fiscal anticorrupción en el mundo de las letras. ¿Quién niega a esta altura la grandeza de García Márquez porque sigue siendo amigo de Fidel Castro? Los estúpidos. ¿Quién se acuerda del tenebroso oficio de censor que ejerció Cela durante buena parte del franquismo? Los muchísimos escritores que padecieron esa cruel mezquindad. Por experiencia, se dice el sujeto, hay que huir de los considerados eruditos (ya ridiculizados por Pope: siempre leyendo para nunca ser leídos) y de los "sabios de tertulia", tan de moda en este país, tan risibles, así en literatura como en política.
La misma amiga pregunta: ¿Sartre o Camus? Los dos. ¿Zapatero o Aznar? Manuel Azaña. ¿Qué escribes ahora? Contra esto y aquello, a favor de los controladores aéreos. ¿Hay alguien más que se salve de la quema? Tú y yo, los trabajadores, los parados, las lentejas, el amor, los amigos, algunos pintores. ¿Cómo ordenas tu biblioteca? Si te apetece, vamos a la cama. ¿Estás jugando al escondite conmigo? Qué más quisiera. ¿Quién te robó hoy el humor? Vida, realidad y políticos, pero todavía queda algo, érase una vez... Y así sucesivamente. Llegaron, en fin, a una conclusión: todo está escrito, y acaso dicho, lo que varía es la forma, innovar, subvertir el lenguaje, inventar palabras y situaciones: "el paote" (del canario Rafael Arozarena) en vez de poeta, "los robaideas" en lugar de gestores culturales, "los comebarato" (título de una magistral novela de Thomas Bernhard), "cronopio" (Cortázar) para jugar y desorientar al ser humano. "Quiero contarte una historia real ocurrida precisamente tal día como hoy", le dijo a ella, pero estaba dormida, quizá soñando en otro mundo. Ah, la placidez de la melancolía; se imponen respeto y silencio. Él memorizó unos versos de Alfonsina Storni: "Fue un momento de paz tan exquisito / que yo sorbí la luz del infinito / y me asaltó el deseo de llorar".






















