La maniobra política que Downing Street llevó a cabo la tarde de este lunes es la causante de este casi descarrilamiento de las negociaciones entre liberal-demócratas y conservadores. El Primer Ministro ofrece su cargo para facilitar un posible gobierno de coalición progresista que incluya, entre otros, a su partido y a los liberal-demócratas.
No es que las negociaciones entre conservadores y liberal-demócratas se pensase iban a terminar en un acuerdo, aunque sea marco, entre ambos partidos. La prueba está en que se ha filtrado que los liberal-demócratas han estado jugando con dos barajas y, mientras oficialmente negociaban con los conservadores, se sabe ahora que han mantenido encuentros secretos con el equipo negociador del Partido Laborista capitaneado por Lord Mandelson.
Ahora se sabe que uno de los puntos que estaba dificultando alcanzar un acuerdo con los conservadores es la modificación del sistema electoral. El portavoz del equipo negociador conservador, William Hague, en un intento casi desesperado de asegurar un acuerdo con los liberal-demócratas, comentó a los periodistas que el Partido Conservador estaba, ahora, dispuesto a ofrecer a los liberal-demócratas un referendum sobre el sistema electoral. El problema es que este ofrecimiento puede que haya llegado algo tarde, después del anuncio de retirada de Brown, y después de que se sabe que oficialmente han comenzado las negociaciones entre los otros dos partidos.
Negociaciones a escondidas
Los conservadores y los liberal-demócratas se han estado engañando mutuamente mientras negociaban. Por un lado, estos han negociado a escondidas con los laboristas. Por otro, aquellos pensaban llegar a un acuerdo sin tener que cambiar el sistema electoral y, luego, convocar elecciones cuando los sondeos les fuesen favorables y, así, eliminar a los liberal-demócratas del mapa electoral durante otros treinta años como mínimo.
Así las cosas, las negociaciones entre conservadores y liberal-demócratas estarían completamente viciadas y si se llega a un acuerdo conllevaría el suicidio político de estos últimos. La única opción posible para los liberal-demócratas es pactar con los laboristas y capear el temporal de las criíicas con la esperanza de que el cambio a un sistema electoral proporcional les lleve a alcanzar un numero de diputados que realmente les convierta en el partido bisagra para formar gobierno en los futuros comicios.
Esto además mantendría a los conservadores alejados del poder por un tiempo que se me antoja indefinido, al ser muy posible que la alianza entre laboristas y liberal-demócratas se pueda mantener por largo tiempo siempre y cuando no haya ninguna catástrofe política o económica que lleve al electorado britanico a votar a los conservadores con mayoría absoluta, cosa que se perfila casi imposible en un sistema electoral proporcional.
Es muy poco probable que el partido conservador lance una superoferta a la desesperada ya que podría provocar un terremoto en sus bases y, por lo tanto, se dejaría notar en términos de liderazgo y resentiría las posibilidades de victoria en unos próximos comicios que se antojan muy próximos en el tiempo.
Quién lo iba a decir, un Nick Clegg impulsado por los debates públicos televisivos y derrotado en las urnas, vuelve a ser encumbrado a la cima del escenario político otra vez por debates políticos, eso sí, ahora privados entre equipos negociadores de los diferentes partidos.
Definitivamente ahora los acontecimientos se están precipitando vertiginosamente y, en pocos días, los británicos sabrán si Nick Clegg es un político de un calibre tal que le lleve a garantizar un gobierno estable para su país al mismo tiempo que no desemboque en la desaparición de su partido del mapa político británico por otros treinta años.
Las negociaciones pueden tomar cualquier camino dado la inestabilidad en que se han venido desarrollando hasta ahora. Una cosa está clara, Nick Clegg tendrá que demostrar sus dotes de malabarista para que las bolas que mantiene en el aire y con las que juega no se le caigan en la cabeza y dañen de manera definitiva a los liberal-demócratas.
Juan Carlos Camacho Rosales, canario residente en Londres, es afiliado del Partido Laborista





















