Había padecido múltiples y dolorosas enfermedades en su existencia (incomprensión, rechazo social, acoso laboral, alcoholismo, cólicos nefríticos, desamores, derrame cerebral, pérdida de memoria, dolencia de envidiado...) y de cada una obtuvo petróleo anímico, potencia y ansias de vivir. Un palo tras otro habían cincelado a un ser vencido que no se daba por perdido y se refugiaba de vez en cuando en la república de las letras ejerciendo su legítimo derecho a nadar contracorriente, disparar cual francotirador o iconoclasta con poderosas razones. Por lo demás, había acudido a demasiadas honras fúnebres. Ahora había recalado en Gracante y conoció a una persona encantadora con quien compartía lecturas, conversaciones filosóficas, música, café y otras pequeñas herramientas o instrumentos gratificantes que convertían el trotar de los días en una amenidad nada rebuscada. Esta nueva complicidad tenía el atractivo de una vida umbrátil, la certeza de driblar con eficacia el suicidio y la inmensa alegría de ser depositaria de confianzas y risas. Todo indicaba la llegada del reposo y sosiego por los que tanto había bregado sin éxito, pero otra infamia o impunidad estuvo a punto de sumirlo en la melancolía profunda. Cuando le comunicó una tarde de mayo a esa amistad el porqué de su hondo malestar, obtuvo por respuesta una máxima clásica: "Ante la adversidad hay que ser temerario". Ya la había aprehendido tiempo ha y practicado recientemente. Con enérgica decisión, sin acritud, con coraje moral y puro instinto de supervivencia, sentenció que enhebraría las "Memorias póstumas de Lázaro Méndez". Su acompañante, abrazándolo, manifestó: "Te ayudaré, si te apetece. Lo haremos a cuatro manos. Se van a enterar". Pasados dos años el resultado de ese ajuste de cuentas con el mundo fue como sigue: "Hablen ustedes, si les apetece. Hastío y adiós".






















