Casi no necesito descolgar el teléfono para saber que eres tú, me anticipa. Ésta es una fecha propicia para tus desvaríos y nostalgias. Cuánto me divertí la última vez que me enviaste una de esas entrevistas en te exhibes como escritorzuelo de moda; ah, so tonto, has olvidado que no pasa de moda quien nunca ha estado de moda. Ojalá tuviera yo ocasión de explicarles tu verdadera calaña a todos esos juntaletras, me espeta.
Sólo tengo cincuenta céntimos, le advierto.
Lo deseo con mucha gana sólo para contarles mi opinión de ti, de la vida, la miseria moral y el amor, para soltarles algo parecido a lo que hablé cuando preguntaste qué pensaba de todo ello, para responder yo a esas preguntas estúpidas de periodistas que se creen importantes, me suelta mientras percibo su risita de indignación a través del auricular.
Y entonces yo dije nada, no pienso en nada, y quería decir en los adioses y en todo, en frases memorizadas en el colegio de monjas cuando ignoraba lo esencial. Fue como una plegaria, y también como la primera alcancía, casi intuyendo esta desdicha de marido celoso y adúltero, me dice.
¿Recuerdas al de la rayuela, su maestría al describir escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos que eran chantaje o cariño? La memoria y el hastío de quienes se fulminan mirándose a los ojos, me recita. Me gustaría ver dónde y en qué condiciones estás, añade.
Todavía veo con nitidez la manera en que rehuí tu rostro para no ofrecerte una daga de culpa o espanto, y para no sentirme personaje de tus ficciones. Lo has prostituido todo con tu presunta literatura, me dice, y pincho unas monedas para alargar esta mañana de carnaval y resaca. Estoy en una cabina telefónica, en el centro de la ciudad; la luz del día y su fervorosa palabra adensan los efectos de una noche disparatada.
No olvido los inicios, y al remontarme descubro tu inimaginada condición de homúnculo de mujer completa, dulce y sensual, lo digo sin empacho. Acaso fuiste mendigo de una dama imposible, con reminiscencias de La dama de blanco de Wilkie Collins, tal como tú sugeriste, me recuerda, y siento escalofríos ante la diatriba de esta mujer que se me antoja tan íntegra y sufriente que casi nadie la merece. Por momentos temo que interprete mi silencio como signo de indiferencia, me contengo mientras aflora una lágrima en mi rostro desencajado.
No quiero jugar el papel de mártir, no tengo tiempo para boberías, sólo soy yo misma. Es posible que yo haya demandado un arrullo inhumano, localizado quizá en el fondo de la noche o el mar, me dice.
Ah, qué lindo y cómodo el amor escrito o leído y qué horrible el amor vivido, cuánto engaño en la alegría de letra impresa. Casi todos los hombres son trapaceros, pero no todas las mujeres son tan cuentistas como tú. Te hablo sin esperanza y sin urgencia, te conozco demasiado bien y sé que pronto estarás durmiendo la tunda, y cuando despiertes sólo recordarás lo que te conviene. Yo me quedaré con la puerta definitivamente cerrada, me anticipa.
No hay tiempo para forzar la dulzura. No me arrepiento de nada, fuiste grande, me sedujeron tu delicadeza y sensibilidad, tu ternura. Tengo la conciencia sosegada, pero qué caro pagué el salto al vacío, amarte sin reservas, incluso cuando, huidizo y abatido, agachaste la cabeza tras la traición infame, continúa ella este martirio moral. Y la precisa verdad es que ya sentí el dolor del ocultamiento, nunca de su infidelidad.
¿No tienes nada que decir? ¿Quieres algunos antónimos de entregar? Pues aquí los tienes, son tus hábitos: servirse, aprovechar, explotar, abusar, manipular, manejar.
Para, para, la intento frenar.
Ah, pobre hombre. ¿Te conmuevo? Ha sido todo muy espontáneo, lejos de mi intención el desenterrar viejos resentimientos. Y no vuelvas a llamar nunca más, sufre y calla. Tú también acabarás solo y desencontrado. El amor huye de la esterilidad emocional, por fraudulento que pueda parecer. La entrega apasionada se convierte en seña de honestidad que luego nos acompaña en la hora de arreglárnoslas con el sufrimiento intenso, cuando tocamos fondo y sólo nos queda la noche, el corazón quebrantado. Querrás cuando ya no te quieran o cuando sea tarde, y comprobarás que el verdadero cariño de abraza cuando se despide. Oh, esta mujer consigue su propósito: abatirme. Ahora un pitido telefónico anuncia que pronto cesará su voz.
Perdóname, le digo.
¿Qué hubiera sido de ti, qué hubiera sido de mí si me hubieses amado como yo quería?, responde preguntando.






















