EZEQUIEL PÉREZ PLASENCIA
—Yo también cometí un gran pecado: no fui feliz.
—Eso creo que lo dijo un argentino.
—Me encantan sus personajes crapulosos, me refiero a los de usted.
—La imaginación no se elige, la vida me mostró personas más o menos semejantes, ese francés del viaje al fin de la sombra al que con torpeza e ignorancia han buscado paralelismos conmigo, el otro nórdico al que admiré, la miseria global, me hacen gracia algunos igualitarismos gratuitos cuando se ignora la pobreza de más de las tres cuartas partes de la humanidad. ¿Qué me dice del verso Vendrá la muerte y tendrá tus ojos? Lo pregunto por lo que expresan los suyos en este momento.
—Conozco eso desde hace tiempo, y se me quedó grabado en la testa el día, mes y año en que se despidió de este mundo su autor. Mi primer libro contiene un cuento con esa cita inicial pero trastocada, Verrà la vita e avrà i tuoi occhi, todo por una mujer a quien amé.
—Podía haber empezado por ahí, lo de la escritura. ¿A qué espera?
—A concluir este contacto, para saber bien por qué su silencio.
—Por puro afán de contradicción, y porque algunos han dicho que yo era el hombre más triste del mundo.
—Creo que el arte sirve para limpiarnos los ojos.
—Mejor para encender hogueras, para arder.






















